Cecilia Dopazo: «Actuar es jugar»

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Comenzó a trabajar siendo adolescente y solo paró para dedicarse a su familia. La década del noventa la vio brillar tanto en cine como en televisión, y fue una de las actrices argentinas que definieron esos años. Hablamos con Cecilia Dopazo, una actriz que marcó una generación.

«Actuar es jugar. Me parece que ahí comenzó a definirse mi vocación»

Tus padres se separaron cuando eras muy chiquita y después te fuiste del país con tu mamá. ¿Cómo fue esa época para vos?
Eso duró alrededor de un año y medio, y, durante todo ese tiempo, no vi a mi papá. Obviamente, él se quedó en Argentina. Eso es realmente muy importante en la formación de cualquier persona. No fue para nada bueno. Después, por suerte, pudimos recuperar el tiempo perdido. Pero, además, cuando volvimos al país, nos fuimos a vivir a Neuquén. Entonces iba y venía, viajaba sola en avión teniendo siete años, nada recomendable para esa edad. Todo eso era necesario para conservar la relación con mi papá.

¿Recordás qué influyó en tu decisión de ser actriz?
De chica me gustaban mucho los juegos de rol, esos donde se ponía el cuerpo. Por ejemplo, jugar al supermercado con mis amigas y que una haga de cajera, las otras de clientas. Jugar a ser maestra, secretaria, me encantaba. Me empezó a pasar que, a medida que íbamos creciendo, ya mis amigas no querían jugar más. Y yo quería seguir haciéndolo porque, en definitiva, eso es actuar. Actuar es jugar. Me parece que ahí comenzó a definirse mi vocación.

¿Qué hiciste para formarte?
Después de salir del secundario, estudié con Norman Brisky. Tuve el placer de hacer un meritorio en el Teatro Cervantes, actuando con Graciela Dufau, y con Hugo Urquijo como director. Era una obra preciosa de Gabriel García Márquez que la había escrito para ella (NdR: se refiere a Diatriba para un hombre sentado (1987), la única obra de teatro escrita por el escritor colombiano). Ahí comencé a poner un pie en la situación “teatral-profesional”, ya como pasante y no como alumna, digamos. Después pasó lo del casting de Clave de sol, y justo me había anotado en lo que se llamaba el Conservatorio Nacional de Arte Dramático. Sólo pude hacer medio año, porque no podía con los horarios de grabación que tenía la tira. Tuve que terminar soltándolo, lo cual me dio mucha pena. Compensaba yendo a canto, a la foniatra, a expresión corporal, a actuación, todo en diferentes lugares. Me prometí que, si dejaba el Conservatorio, me iba a seguir formando con las mismas materias que tenía, pero afuera. Y eso fue lo que hice.

¿Pensaste en estudiar alguna carrera universitaria?
No, la verdad es que siempre estuvo en mi cabeza hacer el Conservatorio Nacional, recibirme de actriz, buscar laburo y poder vivir de mi profesión. O sea, ser una profesional y que me paguen por actuar. Aunque, de hecho, para mí actuar no es un trabajo. La actuación me hace ser feliz.

Ya no existen programas con tanto rating, ni que duren tanto tiempo. ¿Se extraña esa época en donde se podían hacer muchos programas en la televisión argentina?
No sé si se extraña esa televisión. Es muy probable que la única gente que lo haga sea la mayor. Porque es a la que más le cuesta adaptarse a las nuevas maneras de consumir los productos, a las nuevas plataformas. Y también las que no pueden hacerlo por un impedimento económico.

¿Se trasladó al teatro esa producción abundante de contenidos?
Es cierto que antes la gente tenía más acceso gratuito a ver a sus actores mediante la televisión, ya que todavía el cable no se había impuesto tanto. Es cierto también, y es una buena lectura, que hay muchísimos actores de reconocida trayectoria trabajando en obras en los teatros. Hay mucha variedad, y muchísimo para ver. Es interesante y habría que ver si es así.

Volvés a trabajar con Muscari. ¿Qué te atrajo de Gente feliz?
Me encanta el elenco que tiene y lo buenas personas que son. (NdR: junto a ella están Patricia Palmer, Laura Esquivel, María Leal, Pepe Novoa, Gastón Soffritti, Mariano Torre y Manuel Vicente). Siempre pasa que alguno con el que laburás no te gusta o no tenés empatía, pero eso acá no pasa. Son todos muy buenos actores y muy profesionales, y me refiero a que conocen bien el oficio. Son muy eficaces y eficientes. Esta comedia se estrenó con cinco semanas de ensayo, cuando lo usual son ocho. Con eso digo todo. Aunque no sea un musical, tiene mucha “coreografía” y está concebida de esa manera. Tiene una apuesta muy rigurosa, en donde la primera pausa se transforma en bache. Creo que José nos llamó porque sabía cómo éramos en relación a la comicidad y porque entendía que la podíamos sacar rápido.

¿Tenés algún proyecto para el futuro?
Hace un par de semanas se estrenó en la TV Pública la miniserie El mundo de Mateo. Es un policial sobre un adolescente acusado de cometer un asesinato en un pueblo pequeño en las afueras de una ciudad. Ahí trabajo junto a Renato Quattordio, Federico D’Elía, Martina Gusmán, Luciano Cáceres y Fernán Mirás. Hago de la madre del chico que desaparece y por el cual es acusado el personaje principal. Y por ahora seguiremos con las funciones de la obra de teatro.

Sé que escribís hace mucho, ¿vamos finalmente a poder ver algo de todo eso?
De eso no puedo decir más que estoy escribiendo una comedia junto a Atilio Veronelli. Solo espero que podamos volver a encontrarnos y que estemos hablando de su estreno. Crucemos los dedos.