Diego Reinhold: “Trato de no involucrarme con ningún Diego Reinhold”

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Desde que tiene uso de razón, quiso ser actor. Estudió durante 10 años antes de debutar, y continuó sus estudios con los mejores maestros. También es conductor y director, aunque la gente lo relacione más con ser comediante. Hablamos con Diego Reinhold, un artista que busca alejarse de lo establecido.

«Llegué a bailar con Julio Bocca en una gira»

¿Recordás en qué momento decidiste que querías ser artista?
Creo que a los seis años ya decía que quería ser actor. No tengo la menor idea del porqué. No había ninguna referencia familiar de ningún tipo, así que no sé qué fue. Lo que sí recuerdo era que mi hermana iba a unos cursos de pintura y comenzó a llevarme a mí. Cachita se llamaba la profesora, y todavía está en el mismo lugar dando clases. Ahí pintaba, pero me retaba mucho, siempre diciendo: “¡Primero se pinta el fondo y luego lo de adelante!”. Y, en un momento dado, me dijo que me dedique a estudiar teatro, que a la vuelta de su casa había un lugar en donde enseñaban.

¿Y qué sentiste cuando fuiste ahí?
La verdad es que es una respuesta muy fácil. En la escuela tenías que izar la bandera, cantar el himno y todas esas cosas que, a mí, me resultaron una tortura. Como otras cosas que me tocaron en el entorno en el que viví. Que alguien me diga “hacé lo que quieras”… ¡Ojo! Mis padres también me decían lo mismo, pero después el mundo seguía siendo violento. Tenía un espacio en donde lo que imaginaba podía hacerlo, eso era fantástico. En mí fue inmediato el amor por la actuación.

Tu mamá estuvo también genial alentando lo que querías hacer.
Ella había querido ser bailarina y la obligaron a tocar el piano. Siempre cuenta que, después de dar bien el examen final de la escuela de música, cerró el piano y no lo tocó nunca más. Lo había estudiado solo para su papá. De hecho, se había comprado a escondidas las zapatillas de baile. Imaginate en esos años, siendo mujer, no tenía forma de escapar y hacer lo que quería. No solo eso, tampoco pudo estudiar nada en la facultad. Entonces, en ese sentido, mi vieja tenía un reconocimiento de la estructura conspirativa de la sociedad. Lo pudo percibir desde muy chica, creo yo, viendo cómo se manejaban las situaciones, que no son para todos iguales, debe haber tomado conciencia de lo que deberían hacer sus hijos.

Diego estudió actuación e hizo cursos hasta llegado el nuevo milenio. Pero también hizo lo propio con el canto, se perfeccionó en zapateo americano, expresión corporal, saxo y música (muchos de esos cursos los hizo en Nueva York). En su etapa como bailarín, no sólo estuvo en un elenco de Julio Bocca, sino que también bailó junto a Susana Giménez en su programa de televisión. Pasó por la radio conduciendo, junto a Gisela Marziotta, Tú perdonas, yo no; que iba por las tardes en radio Spika. Comenzó siendo director con una obra propia, pero, a medida que pasaron los años, también pudo dar el salto. Hoy se puede ver su trabajo en las obras Histeriotipos, Entre ella y yo y Mucho.

Después de saber lo que querías ser desde tan chiquito y con tantos años de estudio, ¿qué sentiste cuando actuaste por primera vez frente a un público?
No fue lo que te imaginás. Todo es muy delicado y todo es muy sutil. Por eso me la agarro con lo de los chicos, porque es ahí donde la sutileza es configurativa. A los 15 había hecho una muestra de fin de año en la escuela de Hugo Midón con la obra El imaginario. Cuando él la vio sentí, como dice Billy Elliot en la película, que desaparecía. Fue muy fuerte la sensación que tuve arriba del escenario cuando hice eso, y me acuerdo de Andrea Tenuta, que vino y me dijo: “Diego, es increíble lo que hiciste”. Como a Midón le gustó mucho ese trabajo, decidió elegir a algunos de esos chicos e ir hacia un proyecto comercial, ponerlo en un teatro en la calle Corrientes. Entonces ensayamos otro año con Héctor Malamud para prepararla. Yo había terminado la escuela de Midón, y entonces decidí continuar en la de Ricardo Bartis. Y no era lo mismo. Pasaban otras cosas ahí. La verdad es que sacó lo peor de mí. Estando en esa escuela, entré en un estado como de bloqueo expresivo y me frustré enormemente. De pronto sentí que nunca más iba a ser actor.

Entonces, vamos a reformular la pregunta, ¿cuándo sentiste, arriba del escenario, que estabas reconciliado con tu profesión?
En una obra de Hugo que se llamaba Huesito caracú, cuando tenía 27 años. Cuando me bloqueé, decidí dejar el teatro y dedicarme a la danza. Entré a la Escuela de Danza Contemporánea del Teatro San Martín y comencé a hacer una carrera como bailarín. Llegué a bailar con Julio Bocca en una gira, era uno de los 50 que estaban con él.

Sos uno de los artistas más activos en cuanto a la solidaridad. ¿Cómo fue que comenzaste a involucrarte para ayudar a las personas?
Comencé a acercarme a una asociación civil llamada Conceptos Sencillos y a visitar distintos hogares en los que estaba involucrada. Por algunos motivos, la asociación tuvo la necesidad de abrir un hogar propio. No podían hacer el trabajo que querían con los chicos con los que trabajaban. Justo en ese momento apareció Showmatch, en donde yo participaba del “Bailando”, y me dio una popularidad impresionante. Se me facilitaron muchos caminos, primero para que la asociación pase a ser una ONG y obtener personería jurídica. Eso, a nivel papeles, te cambia muchísimas cosas. Ahí sí me involucré de lleno, firmé el estatuto, empecé a ser parte de la comisión directiva. Fueron dos años de mucho laburo hasta poder abrir el hogar de niños Mariposa.

¿Qué significa para vos esa labor?
Es hermoso, pero, por momentos, también sentís que te ahogás. El otro día llegó la factura de luz: $25 mil. El convenio que tenemos viene con un retraso de dos meses, y la justificación es que se están mudando y acomodando. Hace dos meses que no nos pasan el dinero para funcionar. Y eso sólo cubre el 40% de nuestros gastos, lo demás lo tenemos que salir a buscar. Es desesperante. Igual, tenemos momentos hermosos. Me siento muy privilegiado, lo digo siempre. Tuve mucha suerte en todo esto. A veces pienso en cómo va a seguir.

Contanos un poco sobre No a la guita, la obra en donde estás trabajando.
Me encanta la obra. Es una comedia muy simple de entender, pero es una montaña rusa. Está muy bien escrita y al espectador lo hace subir, subir, subir, y después lo baja de repente. Y así varias veces. Dura un poco más de una hora y cuarto, pero es una experiencia fantástica y muy intensa. Te reís mucho y tampoco podés creer lo que estás viendo; las decisiones que están tomando los personajes.

¿Y trabajar con Lía Jelín?
Entré a esta obra para trabajar con ella. Estoy aprendiendo mucho, me tiene muy asombrado lo que hace. Me parece genial, de verdad. No puedo creer todo lo que sabe, el compromiso que tiene con el trabajo y cómo logra sacar de uno cosas que uno ni sabe que tiene. Pero, sobre todo, ella está tres niveles de comprensión por encima de lo que uno debería hacer arriba del escenario. Tiene una manera de entender la teatralidad que me supera ampliamente. Eso está buenísimo. Después me hablan sobre mi forma de dirigir y al lado de ella me siento un imbécil. Tengo la sensación de haber encontrado a un maestro de nuevo.