Cae: “Hoy llego a la gente desde otro lado”

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En los años noventa saltó a la fama, después vino la caída profesional y la crisis vocacional. Hasta que supo reinventarse y llena teatros con sus shows.

«Cae es un personaje que sube y hace su gracia pero es muy parecido al que está abajo»

Pasó de los zapatos gastados a la limusina blanca; del niño que iba con su guitarrita a hacerles el show a las clientas de la peluquería de su abuela, al pelilargo musculoso que llegó a Ritmo de la noche y logró 42 puntos de rating. Después de ganar en el Festival de Viña del Mar, sintió que no había techo para su carrera, pero su discográfica le cajoneó durante meses el nuevo disco. Emigró a España con su mujer, sus dos hijos, entonces pequeñísimos (Fran y Brenda, hoy, 22 y 19 respectivamente) y mucha ilusión. Todo fue perfecto, hasta que el ensueño se rompió: habían desmantelado la compañía que lo había contratado. Lo habían estafado. No le quedó otra que convivir con la frustración y la desesperación de no tener un peso (porque además, sus ahorros quedaron atrapados en el corralito argentino), al tiempo que una gigantografía con su cara se reía en El Corte Inglés. Volvió con la frente marchita. “Yo estaba un poco cansado del producto que había sido durante tanto tiempo, estaba como desencantado, dolido”.

Cae está de regreso. No solo llena teatros cantando, sino que actúa: protagoniza Madagascar, un musical para toda la familia, y analiza propuestas para hacer cine y teatro en 2020.

Parece que viviste en una película. De hecho, decís que el pibe de 18 que recién empezaba a ser conocido se creía parte de un videoclip.
¡Estaba viviendo en un videoclip! Empecé con la música a los seis años, entonces, cuando vino la popularidad, lo tomé como un premio lógico, el paso normal, lo que tenía que pasar. Los asistentes, las limusinas, las groupies, la industria te absorben de una manera muy rápida y creés que va a ser para siempre.

¿Qué pasaba en tu entorno familiar con tu éxito?
La familia y el barrio siempre fueron el cable a tierra, incluso en esos momentos de fuegos artificiales, la familia siempre me bajó, fue el eje de mi vida y la causa de que yo hoy te esté contando esto y no haya sucumbido en una gira del ´94 (risas). Igual, soy un tipo súper agradecido, porque hasta de los malos momentos siempre intento aprender y buscarles la vuelta; mejorar básicamente como persona.

Te escuché repetir que apuntás a ser tu mejor versión.
La gente que creció conmigo hoy tiene 40. A mí me gusta contarle que, a pesar de todas las cosas que nos han pasado en nuestro país y las vivencias personales, hoy somos nuestra mejor versión, porque somos presente. Entonces el juego que tengo cuando subo a un escenario es el del rocklover: un personaje que permanece con sus valores, que se ríe de sí mismo, con una visión medio estereotipada, pero que quiere dejar el mensaje de cero nostalgia; hoy somos nuestra mejor versión. Tengo menos pelo, tengo que entrenar más, pero hoy siento que soy mi mejor versión, porque eso significa evolucionar.

Decías que ser la mejor versión tiene que ver con ser en el presente. ¿Qué te paso en los momentos en los que parecía que Cae era pasado?
Y… fui pasado. Cuando sos un producto de marketing, a esa curva ascendente es innegable que le va a venir su oposición. La vida me fue preparando para preguntarme qué quiero, por qué estoy en la música, si por el hecho de ser artista, para transmitir o por el objetivo mismo. Entonces empezó a ser importante el día a día, no los objetivos acumulados y los discos de oro colgados en una pared.

También comentaste que no ves tan lejana la posibilidad, o la necesidad, de colgar el personaje. ¿Cómo sería eso?
Volver a surgir y tener la misma cantidad de shows que en los noventa; es una segunda vuelta, que estamos piloteando de una manera inmejorable, pero que no me gustaría que se vea opacada. En su momento, quisiera programar el retiro, no que ocurriera.

Te convertiste en una especie de showman.
Pensá que yo venía de hacer Vélez, Luna Park, cosas grandes, y tuve que volver pidiendo permiso en lugares chiquititos. No podía ser el mismo Cae de los noventa, una especie de arbolito de navidad haciéndome el Jagger. Tenía al público mucho más cerca, era un clima más intimista, entonces empecé a contar anécdotas de mi vida, mi verdad, la gente se empezó a reír, me empezó a divertir a mí y vi que se exorcizaban algunos fantasmas. El vínculo con los fans se renovó, fui por lo actoral, por aparecer en otros lugares de la escena, no solamente cantando. La relación que se dio con la gente hace que Cae hoy sea algo más que Te recuerdo. Ya no me considero solamente un cantante, me considero un entretenedor.

El rockstar no se podía permitir esa faceta.
Es que yo salía al escenario y ni hacía falta que cantara. Creo que si tengo un mérito es ser resiliente, bancármela cuando el vínculo con el público estuvo a punto de cortarse, cuando las cámaras se apagaron, cuando Carlos Alfredo Elías (su verdadero nombre) volvió a caminar e hizo un programa de televisión en Mar de Plata, cuando se quedó sin guita en España. Las piñas de la vida te laburan un montón.

Igual, hay que saber recibirlas y hacer algo con eso, ¿no?
Sí, obvio. Está también el tiempo que le das a la recuperación, cuánto tiempo te vas a quedar en el piso. Yo tardé diez años en contar esto; me costó porque vivimos en un mundo en el que solamente se cuentan las buenas, entonces yo pensaba que mi historia no le iba a interesar a nadie. Yo hice un laburo conmigo.

Contanos cómo.
Siempre me mantuve alerta a las oportunidades pequeñas. Cuando te pasa algo como lo que me pasó a mí, la reconstrucción no solo pasa por lo artístico, es personal. No me siento ejemplo de nada, pero sí que la templanza que uno puede transmitir al contar estas cosas hace que un montón de gente se sienta reflejada. Por eso, al vínculo que provocaron las canciones se suma el que hoy genera la relación con las personas. Siento que hoy llego a la gente desde otro lado.

Tener tu propia productora debe darte la libertad que no tuviste cuando eras un producto de marketing, ¿cierto?
Exacto, la compañía discográfica me obligaba a cumplir cuestiones del contrato o a decir que no tenía novia, por ejemplo. Al irse la popularidad, también se fueron esas cosas. Lo mejor que tuvo fue que dependía de mí, y lo peor, que dependía de mí. Son cosas que hacen que te hagas cargo.

Volviendo a lo que la discográfica no te dejaba decir, en la entrevista que te hicieron al ganar en Viña del Mar en 1997, te preguntaban si tenías novia y dijiste que no. Pero en ese momento…
(interrumpe) ¡Recién había sido papá! (carcajadas).

¿Aquella mujer es la misma que está hoy al lado tuyo?
Sí, Elizabeth. Estamos juntos desde el ´93.

¡Casi desde el principio de tu carrera! ¿Cómo lograron sostener la relación?
Podría tirar varios argumentos, pero me parece que es una sola palabra: amor.

¿Ella era secretaria de Juan Alberto Mateyko?
Sí, marplatense. Yo fui como una megaestrella al programa de Mateyko y la vi y me lancé a conquistarla y ella me cortó el rostro (risas). Hablamos un mes y medio por teléfono sin parar, terminó la temporada, me tomé un avión, compré un ramo de flores y me aparecí en su cumpleaños. Fui a Mar del Plata por cinco horas, ¡ahí la maté! Pero igual seguimos durante un tiempo a la distancia, cosa que hizo que salgan muy lindas canciones también, hasta que en un momento vino a vivir conmigo. Es una compañera de fierro. Hemos pasado crisis de todo tipo, pero nos gusta estar juntos y acompañarnos. A la vuelta de España, nos dimos cuenta de que lo mejor ya lo teníamos: éramos nosotros.

Si hoy pudieras volver a los noventa sin los afectos así de consolidados, ¿aceptarías?
No, porque, además, me encanta la mutación en la que me convertí. Uno puede ser famoso o puede ser reconocido, yo hoy me siento reconocido. Cae es un personaje que sube y hace su gracia pero es muy parecido al que está abajo.

Como si en esta reversión tuya, te hubieras acercado más a ese nene que iba a la peluquería de la abuela para entretener a las mujeres debajo del secador.
¡Totalmente, es que nunca hay que dejarlo! Ahí se unen el amor por la familia, el amor por la profesión, el respeto por el laburo, el dar el cien por ciento. Mi vida se armó de acuerdo con una pasión, que es mi laburo. Lejos de ser una fórmula mágica, a mí me da resultado estar siempre en positivo y generar objetivos cortos. En vez de buscar un millón de aplausos, fui buscando diez aplausos. ¿Vos sabés lo que es un artista sin aplausos? Es un tipo sin alma… Es un paso al día, pero que te genera el hábito mental de estar positivo y de saber que estás haciendo algo por vos. Yo sigo siendo el mismo tipo de barrio, me toca reírme de las cosas que me pasaron, las puedo compartir y con un guiño decirle a toda una generación: “Che, estamos acá, vamos a pasarla bien un rato”.

Y estar acá, ya es un mérito.
¡Exactamente!