Benjamín Alfonso: “Soy un adicto a la libertad”

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Rompió los mandatos familiares y, aunque estudió una carrera y se recibió, pateó el tablero y se dedicó a una profesión que su familia no aceptaba. Ya instalado como actor, busca nuevos horizontes y desafíos.

“Está bueno meterse para adentro y estar afinado con uno mismo”

“Si estoy haciendo algo, no estoy haciendo otras cosas. Estoy presente en el momento. Ahora mismo, mi mundo es esta conversación. Esa es mi filosofía de vida”, dirá Benjamín Alfonso en un tramo de la charla con Ahora más, y confirmará las sensaciones que proyectó a lo largo de todo el encuentro: cuando al actor se le propone un tema, se sumerge de lleno en él, bucea, y sale a la superficie recién cuando siente que lo recorrió lo suficiente.

No subestima preguntas ni propuestas, le da a cada momento el peso que merece.
En los últimos años, se convirtió en una presencia habitual en pantalla: fue parte de Historia de un clan, Educando a Nina, Quiero vivir a tu lado, Las estrellas, Rizhoma hotel y Mi hermano es un clon; y tuvo una participación meteórica en Bailando por un sueño, que multiplicó su popularidad. La actuación, sin embargo, es una realidad que no lleva muchos años en su vida, ya que su primera opción, cuando terminó el colegio, fue seguir el mandato familiar: estudiar Ingeniería Industrial.

“Pasa que uno sale de una hielera y no tiene mucho para elegir. Dejé Ingeniería para estudiar Diseño Industrial y, en ese momento, fue una rebeldía gigante: ir, sentar a mi viejo y comentárselo fue todo un tema. No le gustó nada. Ese día me dijo: ‘Bueno, ahora tenés que salir a trabajar’. Yo estuve dos años estudiando día y noche y decidí tomarme vacaciones con la plata que había ahorrado. Cuando vio que me iba a ir igual, me ayudó un poco. Algo que me enorgulleció siempre fue manejarme con lo mío. Somos seis hermanos, y siempre vi que, cuando mi viejo sacaba plata, se le iban todos los billetes muy rápido. Así que le dije: ‘Gracias, te quiero un montón, pero no necesito más tu plata’. Siempre fui un adicto a la libertad, a poder tomar mis decisiones sin depender de nadie”.

Esas ganas de libertad ¿tienen relación con que tu familia era muy conservadora, que es algo que contaste alguna vez?

No, creo que es algo más instintivo, que viene conmigo. Tengo una manera rara de vincularme, porque me encanta estar con amigos, pero, de repente, me aíslo y estoy tres días solo en mi departamento y quiero estar en silencio o mirando películas, meditando, estando conmigo. Me parece que cada uno es muy importante para sí mismo, y hay que tomar conciencia de eso. Es relindo hacer cosas por los demás, pero también aprendí, en algunos seminarios que hice, que, detrás del dar, hay como una necesidad de ser aceptado o de que el otro esté medio en deuda con vos. Está bueno meterse para adentro y estar afinado con uno mismo.

“Si estoy haciendo algo, no estoy haciendo otras cosas. Estoy presente en el momento”

¿Cómo llegás a la actuación?

De chico ya jugaba a armar historias, lo hacía con mis juguetes. Con el tiempo, comencé a ordenarlas mejor, a escribir. Pero nunca se me ocurrió que actuar era una opción laboral. Estaba tan enfrascado en los mandatos y en todo lo que uno aprende, que no lo pensaba. Y también puede que hubiera una falta de perspectiva mía. Nunca se me ocurrió. En el colegio fui a canto, no a teatro, y me acuerdo de que mi hermano una vez actuó y yo pensaba: “¿Cómo va a hacer eso? Yo me moriría de vergüenza”. A los veintidós, empecé a estudiar actuación y a surfear, y, a los veinticinco, fui a Costa Rica.

¿A qué?

Fui al casamiento de una prima que vive allá y me quedé tres meses. Viví con nada, en una habitación donde pagaba tres dólares por día. Estaba frente al mar, conseguí un trabajo de barman por las noches, y con eso me alcanzaba para comprar comida. Desayunaba granola, almorzaba arroz o pastas, iba descalzo o con chancletas de distintos pares. El cuarto era muy chiquito, me caminaban hormigas a la noche, y lo decoré con muebles que armé con maderas que me encontraba. Estaba en el paraíso, y era feliz porque no necesitaba nada más. Tenía sol, playa, mar, que ya es un montón.

¿Es cierto que tu psicólogo fue quien te dijo que hicieras teatro?

Sí, me lo recomendó. Y yo lo mega recomiendo también, para los que quieren ser actores y para los que no. Empezás a entrar a varios lugares de vos mismo que no conocés, o que están ahí y que, socialmente, no son aceptados. De repente, podés salir un poco del traje en el que estás todos los días. Podés jugar a ser un loco, una mujer, un chiquito o lo que sea. Creo que la sociedad, de un día para el otro, te dice: “Ya tenés que ser grande y soltar ese nivel de juego”. Pero pasa lo contrario, porque yo a muchos adultos los veo como unos nenes asustados. Es mucha gente con la que suelo chocar, que suele ser más agresiva por el miedo a no ser aceptada. Yo los miro y veo a nenes solos, tristes, llorando y pegándoles a sus hermanos porque no les dan bola.

O sea que la madurez sería lo contrario a lo que todos creen: conservar esa parte infantil…

Creo que ahí está nuestra esencia, en ese niño. Pero hay otra parte linda del ser adulto, y es que no somos más víctimas: uno, cuando es chico, no sabe defenderse; cuando es adulto, sí, se puede expresar hablando y hacerle entender a otra persona si se está sintiendo mal. Uno se comunica de otra forma, sin hacer solo un berrinche. Creo que ahí empieza a aparecer algo que es más interesante, cuando se combina esa inocencia y ese juego de un niño con la información de un adulto a la hora de tomar decisiones o tener una conversación. Para todo eso me quise formar, hice varios cursos de dramaturgia y un posgrado de actuación en Madrid. Incluso Diseño Industrial me sirve, lo uso un montón.

Teniendo en cuenta que arrancás, supuestamente, tarde, que tu viejo no quería, que los tests no te daban, ¿por qué seguiste? ¿Qué te devuelve esto?

Autorrealización, que es algo que nunca nadie va a poder quitarme. El placer de haberlo conseguido. Uno hace y hace constantemente, y no sabe si va a salir algo. Yo toqué las puertas de un montón de productoras y me decían que no, y por ahí chamuyaba un poco y se ablandaban. Si me preguntás, me gustaría estar protagonizando una serie, con un trabajo más introspectivo que me lleve semanas de construcción del personaje. Pero todo lo que fui logrando en este tiempo a mí me llena el corazón, y es algo conmigo. Hace poco me junté a comer con mi viejo, que es una de las personas que más quiero en este planeta, y me dijo: “¿Cómo hiciste? Si yo no te ayudé en nada”. Yo me pagué todo como pude, comía arroz o fideos todos los días, porque esa búsqueda, esa hambre tiene un sabor que no tiene nada más. Cuando lo lográs y mordés eso, tiene un sabor único. Es muy lindo, un regocijo hermoso. Trae otras cosas muy lindas, la gente está mucho más abierta con vos, mucho más disponible, te volvés más cercano porque te saludan todos. Y también viene el juicio, porque parece que uno tendría que estar todo el tiempo como definiéndose o mostrándose, en la lupa de mucha gente que te mira y opina. El Bailando fue un poco eso y me costó.